Las fábricas de creación y la cultura participativa

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Hoy debemos ser conscientes en todas las prácticas culturales, a cualquier nivel, del poder de la gente, que ahora más que nunca desea tener arte y parte, desea hablar. Y tiene derecho porque no sólo es destinatario o espectador: quiere ser protagonista. Las Fábricas de Creación son grandes contenedores de producción cultural cuyo objetivo es sumar funciones, usuarios y disciplinas diferentes que garanticen una actividad cultural y creativa destacada.

FUENTE: MARÍA MOLINA LEÓN-aceprensa

Suelen ocupar en las grandes ciudades espacios abandonados sin su primera utilidad originaria (fábricas industriales, depósitos, centrales de energía…) que se acondicionan con fondos públicos o privados. Las Fábricas de Creación actúan como incubadoras o viveros de creación, de convocatoria abierta, facilitando espacios de ensayo, estudios para artistas visuales y plásticos, equipos, tecnología y materiales de producción, además de mayor visibilidad con el apoyo de las instituciones culturales públicas o privadas.

Acoger proyectos

Contribuyen así a que el antiguo tejido industrial se integre en el diseño de las ciudades, con grandes espacios de acogida al ciudadano y a actividades de creación, producción y disfrute de la cultura para todos. Las Maison Fòlie en Lille Metropole, Spinnerei en Leipzig, Matadero Madrid, el Centro Fabra i Coats, La Central del Circ y Hangar en Barcelona, el Centro WOW en Amsterdam, El Faro en México DF, entre otros, son Fábricas de Creación con diferentes metodologías y planteamientos.

Las Fábricas de Creación facilitan estudios para artistas visuales y plásticos, equipos, tecnología y materiales de producción, además de mayor visibilidad
Cada Fábrica de Creación lanza convocatorias para diferentes áreas de producción artística y tiene sus propias condiciones para adjudicar sus espacios a los llamados “artistas residentes” que reúnan méritos por concurso abierto y público. La finalidad de estos centros pasa por promover la hibridación artística y multidisciplinar, facilitar la producción y concepción de propuestas de formato poco convencional.

Se trata también de abrir el hecho creativo e incorporar a la ciudadanía en la concepción de los proyectos y en su proceso de producción; combinar la excelencia artística y la experiencia de los creadores ya consolidados con la de otros artistas emergentes y con proyectos de mayor riesgo; abrir convocatorias para el desarrollo de proyectos de creación y dar más visibilidad al centro y sus funciones a través de la organización de encuentros.

El retorno social de la cultura

Recientemente se han celebrado en Barcelona las primeras jornadas Factorial, donde han intervenido personalidades como la del broker cultural Colin Hicks, cuya tarea consiste en poner en contacto a diferentes personas para crear proyectos culturales interdisciplinares. Asesora a particulares, gobiernos, empresas y su idea pasa por “escuchar diferentes conversaciones y hacer de puente entre personas que no tendrían la oportunidad de conocerse”.

El sueco Patrick Liljegren, director del Departamento de Estrategias Culturales del Gobierno de la ciudad de Estocolmo, subrayaba uno de los grandes éxitos que ha tenido su forma de gestionar la cultura. “A la hora de pedir una subvención para un proyecto o iniciativa cultural, la burocracia se reduce a rellenar un formulario y contestar a 5 preguntas. Un comité evaluador que tiene expertos en diferentes áreas (artes escénicas, literatura, música) verifica los puntos y adecua el nivel de exigencia al importe solicitado. De esta manera todo es más ágil y generamos dinámicas culturales interesantes”.

Una de los trampas donde podrían caer las Fábricas de Creación cultural sería la de convertirse en centros de grandes públicos para contabilizar visitas sin más
Xavier Fina, director de ICC Consultors, se plantea el debate sobre cómo conjugar aspectos como la proximidad (conseguir que una amplia base de la población participe en los equipamientos culturales) y la excelencia (difundir y promocionar la alta cultura).

Cuando buscamos la excelencia nos estamos refiriendo al concepto de exigencia. El peligro de determinadas prácticas culturales es la autorreferencia. ”¿En qué basamos la exigencia? ¿Qué consideramos que es bueno o válido?, se pregunta Fina. Lo que nosotros y nuestro círculo consideramos que tiene un buen nivel. En el ámbito de la cultura el círculo es muy pequeño y puede pasar que un colectivo se crea fantástico porque los de su mismo círculo así lo consideren. Por lo tanto la exigencia debería implicar un componente externo, o un juez fuera del círculo evaluado”.

Entre la excelencia y la proximidad

“Las fábricas de creación son un laboratorio que debe servir para innovar, para crear”, añade Fina. Pero esta idea de laboratorio podría implicar de nuevo el problema de la endogamia. Aquí surgiría la segunda perversión: “Algo que nos ayudaría a superar el dilema entre dirigirnos más hacia la esfera de la excelencia (y la programación de eventos y contenidos quizá más impopulares, pero que suban el nivel cultural del total de la población); o bien, hacia la proximidad (sacrificando una parte de la alta cultura, pero consiguiendo llegar a más capas de la sociedad), sería la idea de proceso : importa más el camino -el proceso- que los resultados”, según Fina.

Pero podríamos encontrarnos de nuevo con otra perversión en este sentido: la improductividad: ”Si estamos gestionando un espacio público tenemos que presentar resultados, aunque sean provisionales –o aunque se publiquen cada cierto tiempo–”.

Por último, es necesaria una apertura “conceptual, física y psicológica” de los centros culturales en general: museos, centros de creación, galerías, etc. ”Una fábrica de creación ha de abrirse al mundo. No puede ser que sólo se invite a entrar los agentes que saben dónde van y por qué van”, apunta Fina.

Que la ciudadanía se apropie de la cultura

Uno de los retos que tienen los equipamientos y agentes culturales es “conseguir que la ciudadanía se apropie de la cultura, de sus lenguajes y conceptos; que los haga suyos, que la cultura no les sea ajena”. En este sentido, el retorno social se consigue si el ciudadano comprende e interacciona con los valores culturales.

La otra cara de este concepto sería la banalización de la cultura. ”Hacer más fácil, amable y banal la cultura y sus lenguajes y conceptos, con el fin de llegar a más gente”. El objetivo sería entonces “conseguir esta apropiación cultural de la población sin renunciar al alto nivel, y combinándolo con pedagogía, educación y formación de las diferentes capas sociales”.

El último concepto es el de transformación, ”la capacidad de las fábricas de creación cultural de lograr un cambio social, una mayor toma de conciencia a nivel cultural, una capacitación de comprender lenguajes modernos y una transformación del individuo y de la sociedad” , subraya también Xavier Fina. “Este elemento transformador es el más polémico, porque implica que los ciudadanos no tienen que decidir lo que se gesta en las fábricas de creación cultural. Félix de Azúa escribía en uno de sus últimos ensayos que la máxima de la democracia es el mercado. Y el mercado habla y dicta lo que quiere la gente. Genera unas necesidades. Si preguntamos a la gente qué contenidos quieren, la gente actúa y los compra. Ahora bien, transformar significa violentar, ser un poco déspota y programar contenidos que la gente en un primer momento no elegiría. Subir el nivel”.

Una de los trampas donde podrían caer las fábricas de creación cultural sería la de convertirse en centros de grandes públicos para contabilizar visitas sin más. “Si queremos transformar, tenemos que profundizar un poco. No ofrecer sólo lo más fácil, lo que triunfa seguro; lo que quiere la gente. ¿Y su perversión? El mesianismo o el despotismo. Hay que encontrar un equilibrio; un difícil equilibrio entre lo que quiere el público y lo que necesitaría el público para ser más culto”.

Diferentes gestores culturales han propuesto la idea de crear comisiones de ciudadanos interesados en la cultura que asesoren a los programadores para encontrar un equilibrio entre lo que el público quiere ver y las opciones culturales de alto nivel intelectual accesibles a todos.

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