¿Las redes sociales e internet han matado la reflexión?

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Quizá estemos aquejados del mal de la prisa, y posiblemente nuestra sociedad moderna, occidental, digitalizada, no contribuya demasiado a solucionarlo. Juan Pablo II, en su mensaje para la XXXVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, nos advirtió del peligro de la falta de reflexión al que puede llevarnos esta nueva cultura digital:

Internet redefine radicalmente la relación psicológica de la persona con el tiempo y el espacio. La atención se concentra en lo que es tangible, útil e inmediatamente asequible; puede faltar el estímulo a profundizar más el pensamiento y la reflexión. Pero los seres humanos tienen necesidad vital de tiempo y serenidad interior para ponderar y examinar la vida y sus misterios, y para llegar gradualmente a un dominio maduro de sí mismos y del mundo que los rodea. El entendimiento y la sabiduría son fruto de una mirada contemplativa sobre el mundo, y no derivan de una mera acumulación de datos, por interesantes que sean. Son el resultado de una visión que penetra el significado más profundo de las cosas en su relación recíproca y con la totalidad de la realidad. […]. En este contexto, ¿cómo hemos de cultivar la sabiduría que no viene precisamente de la información, sino de la visión profunda, la sabiduría que comprende la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, y sostiene la escala de valores que surge de esta diferencia?” (Juan Pablo II, 2002).

Después de observar algunos de los problemas éticos que se ciernen sobre nuestra sociedad, quizá podamos preguntarnos si, embebidos en la inmediatez, se puede reflexionar sobre esas cuestiones elevadas que nos permitan diferenciar entre el bien y el mal, que nos facilitan la consecución de una recta conciencia moral.

Lo mejor que la educación ha tratado de inspirar desde siempre son cualidades como la reflexión o la creatividad y me pregunto: ¿de qué manera las tecnologías de la información y la comunicación ayudan a desarrollarlas? Todo el tiempo que nos ahorra la utilización de las tecnologías informáticas, desde corregir un texto (¿dónde han quedado las cintas correctoras de las máquinas de escribir?) hasta la búsqueda y recopilación de información, deberíamos invertirlo en mejorar lo que hacemos, en lugar de intentar emplearlo en iniciar nuevas tareas sin terminar bien las anteriores. Resumiendo, no se trata de hacer más sino de hacer bien.

Esta máxima no es solo aplicable a las disciplinas humanísticas: el arte, la literatura o la filosofía. También las ciencias naturales y experimentales necesitan de esta lentitud. El profesor, brillante y afamado físico Pedro Etxenike, del que fui alumno en la Facultad de Química de la Universidad del País Vasco, declaraba, también hace unos años, lo siguiente:

“Internet es una herramienta importante porque transmite información en tiempo real y da lugar a una colaboración internacional más eficiente. No obstante hay que evitar el efecto de aceleración: la investigación requiere sosiego para dejar madurar las soluciones”.

Da la impresión de que cada vez más se desea que todo ocurra ya, y cuando no lo hace, aparece el desasosiego y la inquietud. En el fondo se trata de una manifestación del “efecto mariposeo” del que ya hablaba Salomón en el año 2000 y que se traduce en actitudes como la dificultad para reflexionar sobre nuestras propias acciones y conductas. Esto puede hacernos muy vulnerables y fácilmente manipulables.

McLuhan, en la década de los sesenta del pasado siglo subrayó, que los medios no son meros canales pasivos por donde fluye la información, también configuran el proceso de pensamiento. Internet parece estar socavando poco a poco nuestra capacidad de concentración y contemplación. Nicholas Carr nos propone en el artículo que citamos anteriormente una acertada metáfora para pensar en lo que está ocurriendo:

“Mi mente ahora espera asimilar información de la misma manera como la Red la distribuye: en un vertiginoso flujo de partículas. Alguna vez fui buzo y me sumergía en océanos de palabras. Hoy en día sobrevuelo a ras sus aguas como en una moto acuática” (Carr, 2008)

Además afirma que algunos conocidos suyos, casi todos buenos lectores, le han manifestado estar afectados por el mismo síndrome: mientras más usan la Red, más trabajo les cuesta permanecer concentrados cuando se trata de textos más largos. Concluye que es probable que hoy estemos leyendo cuantitativamente más de lo que leíamos en las décadas del 70 y 80 del siglo pasado, cuando la televisión era nuestro medio predilecto. Pero sea lo que sea, se trata de otra forma de leer, y detrás subyace otra forma de pensar. Quizás incluso, una nueva manera de ser.

Mucho se ha escrito sobre lo que el mundo digital e interactivo estaba cambiando a los niños y adolescentes, lo que quizá no se sospechaba es que también estuviera afectando a los adultos. En este nuevo escenario vital parece evidente que hay que potenciar las tareas que precisen de pausa y atención.

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