Los hábitos modelan nuestra conducta hasta convertirla en virtuosa o desastrosa

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El paso de los valores a las virtudes es el paso de la teoría del bien a la práctica del bien, y ese tránsito se da por el puente de los hábitos. Si cruzamos ese puente, entramos en el terreno donde germina la ética. Si no lo cruzamos, nos quedamos en el barbecho de unos valores que podemos encomiar con grandes palabras, pero hemos reducido la ética a etiqueta, a mero adorno de un discurso hueco. La repetición de un mismo acto cristaliza en un tipo de conducta estable y fácil, que llamamos hábito. Gracias a los hábitos, el hombre no está condenado como Sísifo a empezar constantemente de cero. El hábito conserva la posición ganada con el sudor de los actos precedentes, y hace de la ética una descansada tarea de mantenimiento.

Experimentamos los hábitos como una conquista fantástica. Sin ellos, la vida sería imposible: gastaríamos nuestros días intentando hablar, leer, andar…, y moriríamos por agotamiento y aburrimiento. Para valorar nuestro hábito de hablar castellano bastaría considerar el esfuerzo que nos supondría aprender ruso ahora y dominarlo con la misma fluidez. Todo esto se cumple de manera eminente en la conducta ética, y se conoce desde antiguo. Ya dijo Aristóteles que sería inútil saber lo que está bien y no saber cómo conseguirlo, de la misma manera que no nos conformamos con saber en qué consiste la salud, sino que queremos estar sanos.

Y el secreto para afianzar una conducta es la repetición. En la Ética a Nicómaco encontramos esta respuesta precisa: Los hábitos no son innatos, sino que se adquieren por repetición de actos, cosa que no vemos en los seres inanimados, pues, si lanzas hacia arriba una piedra diez mil veces, jamás volverá a subir si no es lanzada de nuevo. Junto a su naturaleza biológica, recibida antes del nacimiento, el hombre es capaz de adquirir una segunda naturaleza: a través de los actos que repetimos y olvidamos, se decanta en nosotros una forma de ser que permanece. Pero la libertad ofrece siempre su doble y peligrosa posibilidad fundamental. Así, unos se hacen justos y otros injustos, unos trabajadores y otros perezosos, responsables o irresponsables, amables o violentos, veraces o mentirosos, reflexivos o precipitados, constantes o inconstantes. La libertad, en suma, nos brinda posibilidades de protagonizar actos buenos y malos.

En el primer caso adquirimos virtudes; en el segundo, vicios. Aristóteles llama virtudes a los modos de ser perfectivos, los analiza a fondo y los reconoce como poderes excelentes. Al igual que una golondrina no hace verano, un acto aislado no constituye un modo de ser. Sabemos que para consolidar una conducta es imprescindible la repetición de los mismos actos. Por eso se ha dicho que el que siembra actos recoge hábitos, y el que recoge hábitos cosecha su propio carácter. En consecuencia, «adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca o mucha importancia: tiene una importancia absoluta». Los pedagogos saben que, si los hábitos perfectivos no arraigan pronto, la personalidad del niño queda a merced de sus deseos.

Cuando Lázaro de Tormes se aficionó al vino, el ciego a quien servía sospechó y vigiló el jarro en las comidas. Pero el deseo ya había ganado la batalla a la voluntad del chiquillo: «Yo, como estaba hecho al vino, moría por él». Cuando un hábito peligroso cristaliza, puede resultar imposible erradicarlo. Hay que reconocer que la víctima de un vicio es, en gran medida, responsable de su impotencia, porque ha llegado a ser injusto o depravado, dirá Aristóteles, «a fuerza de cometer injusticias o de pasarse la vida bebiendo y en cosas semejantes, cuando en su mano estaba no haber llegado a lo que ahora es».

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