Nuestro afán por complicarnos la vida

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Foto: Diego Muñoz Suárez

Hay películas o novelas que narran cómo sus personajes se van liando y complicando la vida. En eso consiste la trama. Cómo a base de insensateces, imprudencias y mentirijillas, la cosa se va complicando y al final sus protagonistas quedan atrapados en una madeja de difícil arreglo.

En la vida real también podemos comprobar cómo existen personas que les sucede lo mismo. Algunas, empeñándose en arruinar su vida matrimonial y familiar con nuevas relaciones que van dejando hijos heridos, asumiendo la carga de los ajenos y no pocas veces conflictivos. Otras, se adentran en negocios con poca reflexión y acaban empantanados no sólo en lo profesional sino en lo personal.

Los pueblos también suelen complicarse la vida. España es una claro ejemplo. Ciertamente, unas veces nos la complican, pero a nosotros suele gustarnos hacerlo solitos. He puesto de ejemplo a nuestro país, porque pudiendo llevar una vida colectiva bastante más sosegada, dentro de las posibilidades del momento que nos ha tocado vivir, nos enzarzamos con problemas que nos consumen.

Que seamos una nación con quinientos años de historia, con gestas de las que estar más que orgullosos, con aportaciones cruciales a variados ámbitos, y no sólo gastronómicos o artísticos, o que España tenga unas condiciones que nos permiten gozar de una excelente calidad de vida, debería damos cierto señorío que nos permitiese no liarnos con problemas innecesarios y centramos en lo importante. Y es que, reconozcámoslo, los españoles somos un poco especiales. No sé qué cualidades y características definen al español medio, pero lo que resulta evidente es nuestro prurito por embrollarnos la vida.

Desde luego, es delicado que a veces ese liarse la vida sea intencionado y responda a razones ideológicas. Por ejemplo, bajo la llamada “memoria histórica” un país -el nuestro- que había logrado cerrar heridas, vio como tensiones y pasiones del pasado resucitaban. Es más, por ley se erigió en mandato hacerlo.

Afortunadamente, de momento la sangre no ha llegado al rio, pero si se sigue hurgando en la herida imponiendo una memoria incompleta y partidista de los hechos, no sabemos lo que podrá pasar. Y es que andamos sobre un finísimo hilo que de romperse puede destruir nuestra convivencia, sobre todo ahora, que por primera vez desde el fin del comunismo, en 1991, el Parlamento Europeo lo ha condenado y exige a todos los Estados miembros que sigan el mismo camino: recopilación de crímenes, eliminación de símbolos y estatuas y crear conciencia sobre lo que pasó; el comunismo, esa ideología que tanta incidencia tuvo en nuestra guerra civil y que no forma parte de la memoria histórica impuesta.

Y que me dicen del peligro de la ruptura nacional percibido por la ciudadanía con más fuerza que nunca, presidido por un nacionalismo que en lo jurídico, en lo político y ahora en la convivencia, complica y envenena la vida nacional y nos distrae de los verdaderos problemas. Y no por realidades objetivas, sino por ensoñaciones, en el mejor de los casos, de rancia raíz romántica, y en la peor explicación – y quizás más certera-, por ambiciones personales a las que se han unido grupos radicales que ven el momento de intentar su revolución pendiente, envalentonados tras las últimas elecciones generales.

Como ven, todo un alarde de esfuerzos para complicar la vida a millones de españoles, embarcados en unos conflictos prescindibles porque en su epicentro no hay sino manejo y manipulación de sentimientos, y ya se sabe, si los sentimientos o las emociones crecen, el raciocinio mengua.

Y como aquí somos eminencias en envidias, riñas absurdas y perder el tiempo en falsos debates, no sólo dejamos que tanto embaucadores como especialistas en apaños hayan alcanzado un relevante estatus social y mediático, sino que además permitimos que se nos cuelen en las esferas de poder y en los centros de decisión que manejan el cotarro.

Como dicen varios analistas, no sé si estamos en un momento crucial de nuestra historia. Desde luego, lo que sí parece es que tenemos ante nosotros una oportunidad única para decidir quiénes queremos ser. Pero no por merced de la ambición o la ineptitud de éste o aquél político, sino porque los tiempos que nos ha tocado vivir así lo demandan. Esta situación actual, pone a prueba la madurez del pueblo español para que sepa discernir lo que será real si sabe excluir a estos comediantes, si es consciente de lo importante y desecha lo que contamina, entorpece o empobrece.

En fin, habrá madurez si se atiende a los problemas que deberían centrar nuestros esfuerzos y energías. Ahí tenemos, por ejemplo, la crítica situación de nuestra demografía; que la juventud vea poco futuro en España; que su nivel de vida será inferior al de sus padres o que las desigualdades crezcan; también que instituciones nucleares como la familia se vayan deteriorando o que tengamos un sistema educativo más que deficiente.

No se puede cambiar una sociedad de la noche a la mañana, pero si podemos ir perfilando, día a día, lo que pretendemos llegar a ser. Por eso es tan importante que la sociedad civil participe activamente en todas aquellas iniciativas en favor de la familia y la defensa de la vida y las libertades. Es preciso llevar la iniciativa en esta batalla de las ideas en que estamos inmersos.

Podemos equivocarnos en nuestras decisiones cuando vamos a votar, pero no perdamos la esperanza de que algún día logremos un gobierno valiente que defienda España sobre los que la desprecian y quieren destruirla.
Decía el célebre escritor estadounidense Oliver Wendell: No importa tanto dónde estemos, sino hacia donde avanzamos. Para arribar a puerto seguro a veces navegamos con el viento a favor y a veces en contra; pero la cuestión es navegar, no derivar sin rumbo ni permanecer anclados.

Emilio Montero

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