Origen de la mentalidad abortista

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Las raíces de esta situación de “conjura contra la vida” podemos encontrarlas en primer lugar en una mentalidad que sólo reconoce como titular de derechos a quien se presenta con plena o, al menos, incipiente autonomía.  En segundo lugar, a un modo de pensar que identifica la dignidad personal con la capacidad de comunicación verbal y experimentable.

Está claro que, con estos presupuestos, no hay espacio en el mundo para quien, como el que ha de nacer o el moribundo, es un sujeto constitutivamente débil, que parece sometido en todo al cuidado de otras personas, dependiendo radicalmente de ellas, y que sólo sabe comunicarse mediante el lenguaje mudo de de los afectos.

A otro nivel, el origen de esta mentalidad abortista está en un concepto de libertad que exalta de modo absoluto al individuo. La eliminación de la vida naciente se enmascara a veces bajo una forma malentendida de altruismo y piedad humana, manifestando una visión de la libertad muy individualista, que acaba por ser la libertad de los “más fuertes” contra los débiles destinados a sucumbir. Esa libertad, desea emanciparse de cualquier tradición y autoridad, o de  verdad objetiva y común, para guiarse sólo por la opinión subjetiva y mudable o, incluso, su interés egoísta y su capricho.

Pero la causa última no es otra que el drama vivido por el hombre contemporáneo: el eclipse del sentido de Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural dominado por el secularismo. Quien se deja contagiar por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un terrible círculo vicioso: perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida.

El hombre se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Todo ello conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. Así, los valores del ser son sustituidos por los del tener. El único fin que cuenta es la consecución del propio bienestar material.

El cuerpo ya no se considera como realidad típicamente personal, signo y lugar de las relaciones con los demás, con Dios y con el mundo. Se reduce a pura materialidad: está simplemente compuesto de órganos, funciones y energías que hay que usar según criterios de mero goce y eficiencia. En la perspectiva materialista, las relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los primeros que sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el niño, el enfermo o el que sufre y el anciano. El criterio propio de la dignidad personal —el del respeto, la gratuidad y el servicio— se sustituye por el criterio de la eficiencia, la funcionalidad y la utilidad. Se aprecia al otro no por lo que “es”, sino por lo que “tiene, hace o produce”. Es la supremacía del más fuerte sobre el más débil.

A causa también del fuerte influjo de los medios de comunicación, la conciencia moral, tanto individual como social, está hoy sometida a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho fundamental a la vida.

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