Padres histéricos en las gradas

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Una de las asignaturas pendientes de muchos padres es su comportamiento en un partido de sus hijos. Por desgracia, cuando ocupan las gradas o el bordillo de la pista, se produce una auténtica trasformación: comienzan a gritar, a insultar, a jalear. Lo peor de todo es que esos “padres histéricos”, como los llama Leonard Blom, responsable de una escuela deportiva al noreste de Londres, son un pésimo ejemplo para sus hijos (ver). Lo mismo piensa el exfutbolista Gary Lineker, quien considera “deprimente” el comportamiento de los padres que quieren a toda costa que sus hijos triunfen en el deporte.

Algunos autores mantienen que la palabra “deporte” viene del latín “ad potas”, ya que, quien lo practica, lo hace fuera de las puertas, al aire libre, en un espacio de libertad. Creemos que, desde el punto de vista escolar, la etimología es acertada, pues las clases de Educación Física se imparten fuera del aula. Allí, el niño o el adolescente no está sometido a las mismas normas que en una clase ordinaria y se comporta de una manera más desinhibida. Por eso, si bien el peso académico de la Educación Física nunca ha sido muy notorio, sí lo ha sido su valor formativo y de conocimiento de los alumnos: no en vano, en las sesiones evaluativas, el profesor de Gimnasia aporta siempre un punto de vista enriquecedor.

Algo similar ocurre con los padres que asisten a una competición deportiva de sus hijos. No se visten de corto ni compiten, pero se hallan “ad portas”, fuera del orden cerrado (por usar una expresión militar), lejos del mundanal trabajo y despreocupados del cuidado de las formas. Los padres, como sus hijos, están “fuera de clase” y es allí, sea un partido escolar o federado, sea un amistoso o una final, donde árbitros, entrenadores y jugadores (sus propios hijos) observan su forma de jugar fuera del campo. Por qué no decirlo: muchos chicos y chicas se avergüenzan de sus propios padres y, en vez de disfrutar con deportividad del deporte, lo sufren con rabia, y, en vez de jugar con sana competitividad, lo hacen con ruindad.

No hay duda de que el deporte es muy positivo en la formación integral de nuestros hijos y que debemos fomentarlo; sin embargo, si no lo hacemos de la manera correcta, el tiro nos puede salir por la culata. Por eso, la Surrey Rugby, perteneciente a la Rugby Football Union (RFU), ha establecido normas no competitivas de manera que en los partidos de niños de 6 a 11 años no se juegue para ganar. Lógicamente, las críticas no se han hecho esperar en el sentido de que esta falta de competitividad puede frenar la motivación de los jugadores.

Está claro que lo importante es participar, pero también que se participa para intentar ganar. Saber conjugar ambos principios, a la edad que sea, dentro o fuera del campo, resulta decisivo para la educación de nuestros hijos.

Los jugadores hacen ejercicios de calentamiento antes de empezar el partido; los padres deberíamos hacer lo mismo: prepararnos para asistir a verlo y no convertir un momento de relajación en histerismo. Estamos con nuestros hijos; estamos educando. No echemos a perder “ad portas” lo que hemos ganado dentro; no contradigamos lo que hemos dicho entre semana un sábado por la mañana.

 Pilar Guembe y Carlos Goñi

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