Poniendo límites a los hijos

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interiorizar-el-bienNo cabe duda alguna de que una faceta esencial de la tarea educativa es la de poner límites a los hijos. En efecto, los niños tienen que aprender desde muy pequeños que no son el centro del universo y que no tienen derecho a hacer lo que les venga en gana por encima de cualquier tipo de normas y criterios. Esto es tan de sentido común que no hay que explicarlo.

Un niño criado sin límites es un tirano en potencia, un futuro adulto egocéntrico y conflictivo, que tendrá con mucha probabilidad conflictos en sus relaciones en la escuela y en el trabajo, a menos que rectifique su conducta.

Hoy en día se ha puesto muy de moda la expresión ”poner límites”. Para algunos, la educación consiste en eso principalmente: un niño bien educado es aquel que sabe mantener su conducta dentro de un orden que sus padres le han inculcado. En tales casos, el niño es obediente y respetuoso, y su conducta no es estridente ni en casa ni en el colegio.

Sin embargo, nosotros creemos que no se debe identificar educar con poner límites. Estos últimos podríamos decir que son la “parte negativa” de la tarea educativa. Un niño consciente de los límites sería, pues, un niño que respeta las normas, pero puede ser que lo haga por motivos poco nobles, como son el ahorrarse problemas, el mero quedar bien, el temor a una regañina, el deseo de una recompensa, el conformismo, etc. En tales casos, puede que el niño tenga un comportamiento adecuado y correcto en público, no cabe duda de ello; pero, deberíamos preguntarnos: ¿está ese niño de verdad bien educado?, ¿es virtuoso?, ¿reconoce el bien y lo elige libremente o tan solo está adiestrado para comportarse educadamente?, ¿se preocupa por los demás?…

Por otra parte, podemos acabar identificando el poner límites con la educación negativa, y limitarnos a decir continuamente al niño “No hagas eso, no toques eso, no digas eso”, lo cual, como muy bien sabemos, es muy poco eficaz en educación, ya que los niños se acostumbran a oírlo y al final no sirve de mucho.

Nosotros, sin embargo, planteamos unas ideas de más hondo calado. No nos conformamos con que nuestros hijos sean buenecitos y sepan comportarse en público.
Nos interesa su persona en su totalidad. Tenemos claro que debemos formar la voluntad de nuestros hijos para que ellos, poco a poco, vayan interiorizando el bien y creciendo en virtud, de manera que, al llegar a la adolescencia, sean capaces de asumir y tener asimiladas las normas que rigen el bien moral. Dicho bien moral es el límite dentro del cual debe moverse la conducta del ser humano. Y el bien afecta a todos los ámbitos de la persona: el cuerpo, la inteligencia, la voluntad, los sentimientos, la conciencia…

Pablo Garrido

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