Presumir de tolerancia, una nueva forma de arrogancia

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A veces, cuando alguien se dirige a su interlocutor diciendo: “yo respeto mucho su opinión, pero…”, lo hace con un tono que parece más bien estar queriendo expresarle algo así como “usted puede decir lo que quiera, que a mí no me interesa lo más mínimo”.

Lo malo es que quizá esas personas piensan que con esa entradilla del “yo respeto mucho su opinión, pero…” realizan ya un brillante ejercicio de tolerancia.

Hay quien confunde ser tolerante con una curiosa forma de arrogancia: le permito a usted que hable, pero no cometa el error de creer que va a servir de algo. Y reducen así la tolerancia a una simple cortesía, o a respetar un turno de palabra: hable usted, aunque no me interesa lo que vaya a decir, que después me toca a mí.

Otros utilizan la tolerancia, reclamando indulgencia para los demás, con la secreta intención de que les beneficie a ellos mismos, como una especie de blindaje para el propio comportamiento moral personal: ¿no decimos que vivimos en una sociedad plural y tolerante?, pues que nadie se meta conmigo, que yo no tengo por qué cuestionarme nada de lo que hago.

La tolerancia, así entendida y practicada, constituye una magnífica coartada para el encastillamiento intelectual, para la mediocridad, para el relativismo moral más absoluto. Hace que los debates públicos convocados en nombre del pluralismo queden reducidos a una colección de monólogos en compañía. En nombre de la tolerancia y del pluralismo, esas personas imposibilitan cualquier debate medianamente serio, cuando supuestamente se trataba de potenciarlo y enriquecerlo.

Con esa actitud, el supuesto respeto a los demás no expresa una actitud de respeto hacia sus planteamientos, sino más bien una engreída afirmación de los propios: como nada ni nadie me puede hacer cambiar de opinión, por eso le permito hablar. El diálogo que así se produce queda vacío de contenido, porque falla un supuesto indispensable: estar realmente dispuestos a escuchar.

Otros, más groseros, se escudan en la tolerancia para no respetar las normas de cortesía y convivencia más elementales.

Otros, por último, utilizan la palabra tolerancia y la palabra respeto para maquillar algo mucho más prosaico: la indiferencia mutua, el “vive y deja vivir” de la vieja tolerancia liberal vienesa. El problema es que, como decía Alfred Polgar, fácilmente puede convertirse en cínica indiferencia, en el “muere y deja morir”.

Alfonso Aguiló

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