Relativismo y belleza

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Para curarnos de relativismo, conviene mirar lo que no ha hecho el hombre (o al menos, lo que no ha deshecho): salir al campo o al mar… y contemplar la naturaleza.

Uno de los efectos más nocivos del relativismo es la disolución de la belleza. La belleza ya no es la bondad manifiesta que, por abrirse al conocimiento, produce agrado, sino lo original y rompedor.

Entre las muchas manifestaciones del relativismo en relación con la experiencia estética ha surgido lo que Millán Puelles llama el “activismo intelectual”, que consiste en valorar más lo que uno mismo hace que lo que se encuentra hecho. De ahí la obsesión por la originalidad: un artista se considera tanto mejor cuanto más original. Y así no es de extrañar que una parte significativa del arte contemporáneo resulte incomprensible para la gente normal, porque la búsqueda obsesiva de la novedad termina produciendo objetos carentes de significados inteligibles.

Esta sobrevaloración de la originalidad se manifiesta también en la vida cotidiana de muchísima gente, que lo máximo a lo que aspiran es a ser diferentes.

«Tener algún criterio firme en la vida ―escribe Jose María Barrio― no parece acorde con los requerimientos del arte, de la literatura, la filosofía. No se compadece bien con el talle —o pose— de un intelectual honrado. La honradez no se entiende como la actitud de quien busca la verdad, o la belleza, sino la de quien busca expresarse “sinceramente”. Incluso la religión no puede ser sincera y auténtica si no es “heterodoxa” o “alternativa”. Hoy día cualquier lealtad segura aparece como deslealtad a uno mismo, a las fluctuaciones inherentes a toda biografía, en especial si es la de un intelectual “librepensador” o un artista. Su trayecto vital parece hecho solo de improvisaciones y bandazos»

En el fondo, hay como una resistencia a dejarse medir por la realidad. Y consiguientemente una cierta desidia por el estudio, que etimológicamente significa aplicación, celo, cuidado. Aplicación de la mente a la realidad, atención a las cosas mismas, dejarles hablar a ellas, sin deformarlas con esquemas preconcebidos. Ciertamente, una realidad construida por el hombre es más sencilla de comprender, pero muchísimo más pobre que el conjunto de la propia naturaleza con la que el hombre se encuentra. En el fondo, el relativismo al predominio de la utilidad sobre la verdad y la belleza.

Pero la realidad es muy superior a la mente humana, y no está completamente disponible a su voluntad. La idea marxista de la verdad como praxis correcta todavía sigue presente. Una manifestación muy clara es la ideología de género, según la cual cada uno define su propia identidad con relativa independencia de la naturaleza. Las cosas no son como aparecen, sino como las hacemos nosotros que sean.

Entre los mejores libros que se han escrito en castellano sobre la belleza destaca el de Antonio Ruíz-Retegui: “Pulchrum”. Ahí se explica muy bien, entre otras muchas cosas, la relación de la belleza con la verdad, y se centra de nuevo la belleza en la naturaleza creada, no sólo en lo que hace el hombre. En ese libro se explica también por qué la hermosura primordial de las criaturas depende de su adecuación al sentido con el que Dios las creó. Y también explica cómo el hombre está en tensión hacia la belleza, porque tiende hacia la plenitud de su forma y apetece la consumación de la realidad entera. Y cuando se encuentra con una naturaleza fiel a sí misma, entonces goza.

Muy relacionado con el tema de la belleza es el fenómeno del ateísmo ligado a las grandes ciudades, porque el ciudadano se siente rodeado por un entorno hecho por él, completamente relativo a él: desde la red de alcantarillas, el asfalto y los edificios, hasta el sonido de las bocinas mezclado con el olor de la contaminación… todo es obra del hombre. Por eso, para curarnos de relativismo, conviene mirar lo que no ha hecho el hombre (o al menos, lo que no ha deshecho): salir al campo o al mar… y contemplar la naturaleza.

En este sentido, la máxima cristiana “la verdad os hará libres” se puede entender también así: al hacerse la realidad accesible a quien desea contemplarla, atempera el ansia de dominio y proporciona gozo y serenidad.

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