Rodeados de belleza

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Autor: Ignacio Uría

De todos los atributos de Dios, el más evidente es la belleza, ese chispazo de magnanimidad eterna. La belleza puede encontrarse en la música de Michael Nyman y en la arquitectura de Mies van der Rohe, el hombre que llevó el diseño a una nueva era. También acompaña al esplendor de la verdad o a la felina elegancia de una mujer que no teme serlo. Ava Gardner, por ejemplo.

Vivimos rodeados de belleza, pero la prisa nos la oculta. En parte porque a ella le gusta esconderse, ya sea en la sutileza de un almendro en marzo o en las sombras de Caravaggio, que habitaban por igual su arte y su alma. Hay bellezas intelectuales, como aquel dilema de Philippa Foot que no me resisto a contar: «Un tranvía circula descontrolado. En su camino se encuentran cinco personas atadas por un filósofo malvado. Por fortuna, se puede pulsar un botón que desviará el vehículo a otra vía, donde solamente hay una persona encadenada. ¿Usted lo haría?». ¿Dónde queda aquí lo bello? En su feroz crítica al utilitarismo. Al fin y al cabo, la belleza siempre nos conducirá al bien, no al mal menor.

Esquiva como las hadas, la belleza aparece y desaparece, juega con nosotros. Despierta con el amanecer en una playa de invierno y se viste de piedra en los regios Mallos oscenses, cada uno con su nombre, como si fueran humanos. También hay ciudades que rebosan belleza. Roma, por ejemplo, majestuosa por igual en la pequeña cerradura del Aventino —donde cabe la basílica de San Pedro— y en las calles del Trastevere, a veces ruidosas como una lonja, a veces mudas como una cripta.

La belleza cae con la nieve en Les Heureux mientras ella sonríe con los ojos. Surge liviana en la caricia de una madre. Flota en el aroma del tabaco de pipa y acompaña al príncipe Salina en la decadencia del gatopardo siciliano. Estalla en la iglesia de la Luz de Osaka, un templo desnudo donde el sol acuchilla la oscuridad para formar una cruz redentora. ¿Cómo no apreciar la turbadora quietud de Morante ante Dudosito aquel 15 de abril sevillano? ¿O sentir el don de la vieja liturgia tridentina? ¿Podemos afirmar acaso que «Vesti la giubba» de I pagliacci es vulgar?

No hace falta caminar por el Parnaso para emocionarse con el cálido placer de una chimenea encendida, ya sea en La Hoya salmantina o en Vilaflor, allá en el soberano Teide. O disfrutar por igual del silencio —bálsamo del alma— y del jolgorio de unos niños que juegan a las chapas. La belleza vive en el misterio, pero puede aprenderse si nuestra sensibilidad no se ha convertido en yunque de tanto recibir golpes. Las cosas buenas no cansan: ni las suites de Bach para violonchelo ni los goles de Messi, genio hermético.

Decía Oscar Wilde que la belleza es muy superior a la inteligencia. «¿Cómo es posible?», le preguntaron con incrédulo acento victoriano. «La belleza —respondió— no necesita explicación».

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