Semana internacional de la ciencia y la paz

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Cada año la semana que incluye el 11 de noviembre se denomina Semana Internacional de la Ciencia y de la Paz. Esta se celebró por primera vez en 1986 como una iniciativa no gubernamental que formaba parte del Año Internacional de la Paz, y dado el éxito que tuvo se repitió su celebración cada año, hasta que en 1988 la Asamblea General de la ONU declaró oficialmente la Semana Internacional de la Ciencia y la Paz a celebrar cada año

La Semana va precedida por el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo, que se celebra el 10 de noviembre.

La celebración anual de la Semana Internacional de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo contribuye enormemente a la promoción de la paz y fomenta un intercambio académico sobre un tema de importancia universal. Además se busca generar conciencia sobre la relación entre la ciencia y la paz entre el público en general.

La Asamblea General anima a los Estados Miembros y las organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales, instituciones, asociaciones y a los particulares a organizar conferencias y otras actividades que promuevan el estudio y la difusión de información sobre los vínculos entre el progreso científico y tecnológico, y el mantenimiento de la paz y la seguridad. Además pide a los Estados Miembros que alenten la cooperación internacional entre los científicos.

En estos momentos, nuestro planeta necesita más que nunca esta cooperación, cara a la distribución de las vacunas contra el Covid 19, algunas de las cuales ya están a punto de producirse a gran escala para su posterior distribución en por todos los continentes

La vacuna que parece de aplicación más inmediata es la que Pfizer y BioNTech están ya probando en fase 3 y que ha ilusionado al mundo. Es la primera que promete un 90 por ciento de eficacia, pero previsiblemente también será la primera en comercializarse con una tecnología revolucionaria llamada ARN mensajero. Con ella no solo se abre la esperanza hacia el control de la infección, es también el inicio de una nueva era en la fabricación de vacunas.

El objetivo que persiguen todas las vacunas es el mismo: entrenar al sistema inmune para producir anticuerpos y estimular un tipo de glóbulo blanco -las llamadas celulas «T»- que protegen al organismo de las infecciones. Estas células se encargan de elevar nuestras defensas de forma preventiva para neutralizar el virus en caso de entrar en contacto con él. Las vacunas convencionales lo consiguen con diferentes estrategias. Unas inoculan el mismo virus inactivado químicamente, como sucede en el caso de la polio o la gripe; otras lo introducen vivo pero atenuado (sarampión o fiebre amarilla) y hay un tercer grupo que inocula directamente antígenos para provocar la respuesta inmunitaria, como se hace con la vacuna de la hepatitis B.

Las vacunas de ARN hacen innecesario cultivar un agente infeccioso en el laboratorio. A cambio, inoculan material genético para convertir nuestras células en fábricas de antígenos del nuevo coronavirus. Desencadena un pico inofensivo que es detectado por el sistema inmune para después generar anticuerpos que permanecerán en guardia durante, esperemos, mucho tiempo.

La ventaja de utilizar este método es que el proceso de fabricación se acelera. Los laboratorios prescinden de los cultivos porque es el cuerpo humano el que hace la tarea. No se necesitan células ni embriones de pollo para fabricarla, como ocurre con las vacunas contra la gripe.

La compañía Pfizer para proteger esta vacuna la encapsulará en liposomas. Aún así necesitará transportarse en condiciones muy especiales a -70 grados centígrados de temperatura, lo que dificulta la logística de la distribución. Las vacunas convencionales necesitan estar refrigeradas, pero no congeladas, basta con conservarlas entre 2 y 8 grados de temperatura. De manera, que cuando empiece la vacunación masiva con el prototipo de Pfizer o el de Moderna que también ha recurrido a la misma tecnología se tendrán que transportar congeladas o en tanques de nitrógeno líquido.

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