¿Sigue siendo importante la ética en nuestros días?

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La ética no puede entenderse como una serie de reglas externas al sujeto. Las normas morales no son extrínsecas al ser humano, ni están impuestas desde el exterior. Por el contrario, son intrínsecas, inherentes al propio dinamismo de la vida y de la naturaleza humana. La ética no le viene dada al hombre desde fuera, sino que lo ético es intrínseco al ser humano. Surge porque el hombre tiene que conducir su propio existir.  Se encuentra enraizada en el mismo ser y actuar libre de la persona. De ahí que la ética no afecta sólo a los que profesan un determinado credo o religión, sino a toda la humanidad.

Por otro lado, las normas morales, en cuanto intrínsecas a la naturaleza humana, no se identifican con cualquier decisión personal o subjetiva. Lo más intrínseco a la naturaleza humana no es cualquier acto voluntario, sino aquel acto voluntario que se oriente al bien del hombre, a su felicidad, o a la «plenitud humana integral». De este modo, lo ético es lo natural al ser humano, no en el sentido de «lo espontáneo» o instintivo, sino en el de realización del fin (el bien) y la plenitud integral a la que la persona está llamada.

Desde esta perspectiva, puede mantenerse que ninguna dimensión del comportamiento humano es ajena a la ética, ya que ésta debe impregnar todo el actuar de la persona. Por eso, tampoco el derecho, como orden normativo que regula las acciones humanas, es ajeno a la ética, ni debe contradecirla. No obstante, como ya se ha dicho, el derecho contempla las actuaciones humanas desde una perspectiva diferente.

La referencia a la moral nos conduce directamente a la realidad personal del ser humano, entendido como un individuo dotado de razón y voluntad, en definitiva, de libertad. La moral reflexiona sobre el actuar del ser humano -radicalmente distinto al de los animales-, con el fin de establecer normas y criterios acordes con la dignidad de su naturaleza. Busca que todas nuestras acciones e intenciones persigan el bien humano integral, la «vida lograda» o «eudaimonía», a la que ya se refirió Aristóteles. Por eso, el principio ético fundamental es alcanzar la plenitud en el bien a la que está llamada nuestra naturaleza.

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