
Según el Instituto Nacional de Estadística el año pasado en España se registraron 80.785 divorcios. La cifra total de matrimonios en 2025 fue de 175.364 personas casadas.
Es habitual, en determinados medios de comunicación o redes sociales, ver afirmaciones que indican que «la mitad de los matrimonios en España terminan en divorcio». Técnicamente, este cálculo (dividir los divorcios de un año entre los matrimonios de ese mismo año) es solo una relación matemática falaz. No significa que el 47% de las personas que se casaron en 2025 se hayan divorciado ese año, ya que los 80.785 divorcios corresponden a parejas que contrajeron matrimonio en muy diversos años anteriores (con una duración media de convivencia de 16,2 años).
Si se quiere hacer una estadística veraz, se debería calcular el porcentaje de divorcios respecto a los matrimonios producidos en ese mismo año (2025) y no utilizar para calcularlo, los divorcios en matrimonios de multitud de años anteriores. En el fondo con esas artimañas se intenta quitar valor a la institución matrimonial y por extensión a la familia.
La reforma de la Ley del Divorcio de 2005 simplificó los trámites y normalizó la ruptura matrimonial, por lo que su impacto fue inmediato: en los años posteriores, especialmente entre 2006 y 2007, los divorcios se dispararon y superaron los 120.000 casos anuales, pero ese aumento no fue permanente. A partir de 2008 y 2009, las cifras empezaron a moderarse y, una vez absorbido el efecto de la ley, el divorcio dejó de crecer de forma acelerada, hasta disminuir a los 80.785 en 2025, como refleja el INE
Lo que muestran los datos del Instituto Nacional de Estadística, es una situación mucho más estable de lo que estamos acostumbrados a escuchar. Hoy el divorcio no marca récords ni se dispara, sino que se mueve en niveles contenidos y solo se altera ante circunstancias excepcionales, como ocurrió, por ejemplo, durante la pandemia.
Lejos del discurso sobre la “crisis del matrimonio”, los datos cuentan otra historia: en 2010 se celebraron alrededor de 171.000 matrimonios, prácticamente los mismos que en 2015, cuando se registraron 168.910. En la actualidad sigue habiendo 19.058.788 personas casadas, lo que representa el 45,8% de la población total. No solo la gente se sigue casando, sino que, en términos generales, menos matrimonios acaban en divorcio que hace quince años. Cambian los tiempos y las formas, pero el matrimonio sigue ahí, lejos de cualquier mal augurio interesado.
Pero hay otro dato que es pertinente resaltar: el INE no registra cuantas de esas separaciones corresponden a persona casadas canonicamente es decir matrimonios cristianos, sencillamente porque es una cifra ínfima. Los tiempos y las formas cambian, pero la institución matrimonial permanece como elección mayoritaria. Ese 45,8% de la población total, es mucho mayor si lo calculamos respecto al total de parejas, ya que hay un porcentaje de población, cada vez más alto, que ha decidido vivir sin pareja y aumentan también los que se encuentran en situación de viudedad.
En definitiva, el matrimonio es una realidad natural, que responde al modo de ser persona, varón y mujer. La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. En lo fundamental, no se trata de una creación cultural, pues sólo el matrimonio refleja plenamente la dignidad de la unión entre varón y mujer. Sus características no han sido establecidas por ninguna religión, sociedad, legislación o autoridad humana; ni han sido seleccionadas para configurar distintos modelos matrimoniales y familiares según las preferencias del momento.
El matrimonio tampoco nace de un cierto tipo de acuerdo entre dos personas que quieren estar juntas más o menos establemente. Nace de un pacto conyugal: del acto libre por el que una mujer y un varón se dan y reciben mutuamente para ser matrimonio, fundamento y origen de una familia. La totalidad de esa donación mutua es la clave de aquello en lo que consiste el matrimonio, porque de ella derivan sus cualidades esenciales y sus fines propios.