
Es evidente que España y Europa han sido invadidas con el apoyo del gobierno de Marruecos. También parece evidente que Marruecos está ensayando un método de invasión eficaz, que podría utilizar en el futuro para arrebatarnos Ceuta y Melilla. La policía marroquí cerró los ojos y relajó el control de la frontera, mientras se hacía circular la información de que Ceuta estaba acogiendo a los que querían entrar en Europa. Y la Guardia Civil detecta a agentes de inteligencia de Marruecos entre los migrantes que se colaron en Ceuta.
La invasión de Ceuta por decenas miles de marroquíes, ha seguido unos pasos bien delimitados y unos claros objetivos estratégicos que buscan desmantelar nuestra soberanía en la frontera sur. Lejos de responder a un fenómeno migratorio espontáneo, esta crisis escenifica una operación coordinada de presión geopolítica y dejación de funciones institucional que allana el camino hacia la desprotección definitiva de las ciudades autónomas.
El Gobierno no supo reaccionar inmediatamente como sería lo propio, rechazando el despliegue de las Fuerzas Armadas hasta doce horas después de iniciarse la avalancha en el perímetro fronterizo. Esta alarmante pasividad institucional desarmó de facto a la Policía Nacional y a la Guardia Civil, que carecían de los medios necesarios para contener semejante masa humana.
Esta falta de reflejos esconde una intencionalidad política evidente porque nadie puede alegar sorpresa cuando los servicios de inteligencia ya advertían de los movimientos al otro lado de la valla. La total inacción de todos los estamentos del Estado evidencia la debilidad extrema de un Gobierno sumiso y deja al descubierto la indefensión en la que se encuentra el pueblo español ante los planes de sus enemigos estratégicos.
Estamos ante una operación de guerra híbrida perfectamente ejecutada por el reino de Marruecos. La guerra híbrida combina presión migratoria instrumentalizada, ambigüedad deliberada y coerción política para debilitar al adversario sin llegar al conflicto armado. El precedente de la invasión de 2021 demostró que Marruecos puede abrir o cerrar el grifo migratorio a voluntad, convirtiendo a la población civil en herramienta de chantaje.
Si el Gobierno de España no se cree desde hace décadas que debe custodiar convenientemente sus fronteras en las dos ciudades autónomas, no le puede pedir más sensibilidad a sus socios europeos. Europa ya alertó que las consecuencias del proceso de regularización de inmigrantes no iban a ser vinculante para ellos. Esto se remata con una desidia histórica hacia las reclamaciones de las dos ciudades autónomas y de los cuerpos de seguridad de reforzar la seguridad en la frontera.
Marruecos nos ha tomado la medida ante un gobierno que no existe, con un gobierno que está de rodillas en Waterloo. Mientras tanto, Marruecos ha aumentado su prestigio internacional mantiene relaciones muy estrechas y cada vez más fuertes con Estados Unidos y con Israel y nosotros en la escena internacional no pintamos nada.
Hemos dado la impresión de ser un país cobarde y lleno de debilidades, aislado, sin poder en Europa y sin peso ni prestigio en el mundo, lo que nos convierte en una presa fácil para el ambicioso y desleal Marruecos. La invasión se convierte en una rendición explícita cuando el Estado español, poseedor de los medios militares y policiales para blindar su soberanía, decide cruzarse de brazos, con una alarmante falta de liderazgo.
Ceuta no es un enclave aislado ni un territorio disputado. Es una ciudad española desde hace siglos, frontera exterior de la Unión Europea y parte integral del Estado. Pero el escaso peso de España y la antipatía internacional al gobierno de Sánchez permiten pensar, sobre todo a Estados Unidos, que Ceuta y Melilla no sean territorios españoles y europeos
Si se consumase la cobarde entrega de Ceuta y Melilla asestaría el golpe definitivo a la presencia geopolítica de España, provocando la pérdida total de su influencia histórica en el Estrecho de Gibraltar. Al ceder el control de las ciudades autónomas y consolidar el abandono de la soberanía sobre el Peñón, el Estado español renuncia voluntariamente a su posición como guardián del Mediterráneo.
Esta alarmante dejación de funciones por parte de la Moncloa transfiere de facto todo el poder estratégico a la alianza entre el Reino Unido y el reino de Marruecos, socios geopolíticos de EEUU. Ambas potencias controlarán en régimen de exclusividad la llave de entrada y salida de las rutas comerciales y militares del Mediterráneo, debilitando la seguridad nacional y dejando a España en una situación de absoluta irrelevancia internacional.
El objetivo a largo plazo de Marruecos es siempre Ceuta y Melilla. Ellos no renuncian a la soberanía, los consideran territorios ocupados, cuando todo el mundo sabe que ambas ciudades pasaron a formar parte de España mucho antes de la creación de Marruecos.
Debemos considerar este episodio, por tanto, como una auténtica prueba piloto para calibrar nuestra velocidad de respuesta antes de ejecutar la invasión definitiva.
Es urgente que tratemos estas invasiones como agresiones contra la soberanía nacional. Tenemos que reforzar el control fronterizo, endurecer las devoluciones y construir una respuesta coherente y firme. La soberanía no es una opción teórica, es la última trinchera para la supervivencia de la nación.