El amor auténtico

Los comienzos de una relación de amor entre un hombre y una mujer —los preparativos de ese viaje— son muy atractivos (hay quienes se hacen adictos a ellos), pero no aseguran el éxito del trayecto. Es sabido que el enamoramiento es un sentir miento que no dura. Es un buen punto de partida que hay que superar gracias a un amor más maduro. A medida que el amor progresa, lo interior se hace más importante que lo exterior.

Las películas de los últimos años nos han acostumbrado a pensar que la atracción físico-romántica es el colmo del amor. Pero se olvidan de recordar (no sería dramáticamente correcto) que cuando eso ocurre, desgraciadamente, el amor se esfuma con la misma facilidad con que nos deslumbró. «Por desgracia —escribe Cronin— la idea del atractivo sexual como base fundamental del matrimonio, empapada en un dulzón romanticismo y almibarada con la falsa promesa de una eterna luna de miel, se ha convertido en parte integrante del sueño moderno».

Para que el amor sea estable y duradero, es preciso pasar del amor como atracción al amor como donación, pues nada une tanto a dos personas como la voluntad recíproca de querer el bien para el otro. En el amor maduro desaparecen las razones egocéntricas y se hace hincapié en las posibilidades de aportar felicidad. Ya no se ama tanto por lo atractivo que tenga la persona amada, cuanto por lo que es en sí misma. Ya no se ama tanto su «mero ropaje físico», cuanto el núcleo de su persona, «incomparable e insustituible». Este amor sólido y maduro es imperecedero.

Si bien la pasión no es lo más importante, no sé trata de excluirla, porque el amor también se nutre de ella. Se trata de asumir la pasión y, a la vez, de ponerla al servicio de la entrega. El amor es comparable a un avión con dos motores: un motor principal (la voluntad) y un motor auxiliar (la pasión). El motor auxiliar se puede apagar aunque no queramos, por enfermedad o cansancio; pero el motor principal no se apaga sin nuestro consentimiento.

Es posible distinguir tres tipos de amor humano: gustar (que apela a lo físico, al cuerpo), querer (algo más emocional, afectivo, propio del corazón) y amar (definitivamente volcado a la esfera más espiritua del hombre, al alma). Lo ideal sería que los amantes se gusten, se quieran y sean buenos amigos. También y. en sentido inverso, se pueden encontrar tres tipos de egoísmo: físico (acaparamiento sexual), afectivo (afán posesivo) y espiritual (orgullo). Quien busca una felicidad únicamente sensorial, si tiene éxito, no es infeliz, pero se pierde la mejor felicidad, la que está ligada al amor.

El amante ideal pone esas tres esferas al servicio de la felicidad de la persona amada. La atracción física y el enamoramiento son, en efecto, de gran ayuda como antesala a la entrega de lo más íntimo del alma, que llegará con el tiempo. Por eso reclaman una purificación que los sitúe en el lugar que les corresponde. Según las disposiciones del alma, se combate o se acrecienta el egoísmo sexual y afectivo. Una buena relación con uno mismo, con el siempre gratificante balance de una humilde autoestima, ayuda a purificar las intenciones sexuales y afectivas, mientras que una mala relación con uno mismo, viciada por el orgullo, pervierte la pasión.

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