La convivencia en la democracia exige indudablemente la tolerancia, ya sea como permisión de aquellas conductas antisociales cuya prohibición acarrearía peores consecuencias, y ya sea, por supuesto, como virtud personal que nos lleva a comprender y a respetar maneras de vivir diferentes a la propia. Pero esta tolerancia sólo es posible si aceptamos que existe una diferencia real entre lo verdadero y falso, entre lo justo y lo injusto, entre lo mejor y lo peor, y sobre todo, si aceptamos que toda persona merece respeto aunque se equivoque. La tolerancia no se puede fundamentar en el relativismo, en que todo puede ser igualmente verdadero o falso. Se funda en el respeto que por naturaleza merece todo ser humano.
Si la tolerancia no se apoya sobre el valor objetivo de la dignidad de cada cual, sino sólo sobre la «igual incapacidad de todos para conocer la verdad», entonces, más que de tolerancia, deberíamos hablar de indiferencia. «Di lo que quieras, porque digas lo que digas me trae sin cuidado». La indiferencia es una falta de respeto. Respeto viene de respectus, que etimológicamente significa «atención», «consideración»; exactamente lo contrario que la indiferencia. En el respeto, el otro aparece en su dignidad, como alguien valioso. Y ésta es la condición primera de la construcción social, muy anterior a la tolerancia. Cuando después de la apertura al otro, éste manifiesta algún aspecto negativo para la convivencia, sólo entonces puede tener lugar la tolerancia, que, sin el respeto previo, sería mero prejuicio.
Por otra parte, el hecho de que yo manifieste que tu opinión me parece equivocada, no significa que te desprecie. Si de verdad te despreciara, no te diría nada. La mentalidad relativista induce a pensar que cuanto uno se opone a la opinión de otro, le está despreciando, como si la convivencia, en lugar de ser entre personas, fuera entre posiciones especulativas. Precisamente, por esto, con el relativismo desaparece la visión profesional en el debate intelectual, porque todo se entiende en clave de ataques o alabanzas.
Sin embargo, la tolerancia es una cualidad de las personas, no de las ideas. No hay «ideas intolerantes», lo mismo que no hay «ideas enfadadas». Las ideas pueden ser verdaderas o falsas, pero no tolerantes o intolerantes. A veces da pena ver cómo personas inteligentes no se hablan porque cada uno es de un partido, de una religión, o porque uno es homosexual y el otro no.
Una cosa es que en algunos temas de fondo alguien esté equivocado, y otra distinta es despreciarle como persona. En el lenguaje común se oye decir «respeto tu opinión, pero no la comparto». Mejor sería decir, a ti te respeto, pero tu opinión quizá no, por esto y por esto…