
Hay quienes creen que la tolerancia se fundamenta en el relativismo. Lo contrario sería dogmatismo. Pero dogmático no es el que cree que existen verdades, sino el que trata de imponerlas por la fuerza. Una cosa es la verdad y otra el modo de trasmitirla a los demás. La verdad sólo se impone por la misma fuerza de la razón, y no con las manos, ni con violencia ni con engaños.
Desde Kelsen hasta Habermas se plantea así el dilema entre verdad y tolerancia: «la afirmación de la primera destruiría la segunda, y viceversa». Lógicamente, concluyen los relativistas, no tenemos más remedio, por motivos éticos, que optar por la tolerancia. Es más la tolerancia ha de ser el principio ético por excelencia en la vida social.
Pero los que defendemos la posibilidad de una verdad objetiva, también en el plano moral, no somos por eso intolerantes, ni fuente de intolerancia. La intolerancia, repito, consiste en imponer por la fuerza las propias convicciones, pero cada cual está en su derecho de tratar de convencer a los demás sobre la verdad y bondad de sus valores. El propio Locke, padre intelectual de la doctrina moderna sobre la tolerancia, distinguía claramente los dos planos: después de argumentar en contra de cualquier imposición de la verdad religiosa, añade: «No quiero que esto se entienda como si yo quisiese condenar todas las advertencias caritativas y los esfuerzos bondadosos para apartar a los hombres de sus errores. Estos constituyen, sin lugar a duda, el mayor deber de todo cristiano. Todo hombre puede emplear las exhortaciones y argumentos que desee para lograr la salvación de otro, pero toda fuerza y coerción han de ser prohibidas. Nada debe hacerse en forma imperativa, y ninguno está obligado a prestar obediencia a las admoniciones o mandatos de otro, más allá de lo que se lo permita su propia convicción. En ello, todo hombre tiene autoridad suprema y absoluta para juzgar por sí mismo, ya que esto no atañe ni perjudica a ninguna otra persona». (Locke, 1690).
La tolerancia, entendida como respeto y aceptación de la diferencia, tiene unos valores por encima, que la condicionan y nos permiten enjuiciar si es una tolerancia justa o injusta. Estos valores son los derechos humanos. El que no los respete, no puede ser tolerado; es más, en muchos casos ha de ser castigado por ello. Sería injusto el gobernante que se las diera de tolerante porque permitiera, digamos, la práctica del sexo en la vía pública, o que la gente vendiera sus órganos. Hay conductas que si se toleran, se comete injusticia.
Pero existe una intolerancia injusta que puede tener diversas causas. En primer lugar, el sentimentalismo ético, al que nos hemos referido al principio. Si el sentimiento de cada uno se erige en el criterio último de bondad y maldad, no hay posibilidad de argumentar sobre la superioridad de unos valores sobre otros. Al final deberán imponerse unos en detrimento de otros sin justificación racional posible, sino sólo por la fuerza.
En segundo lugar, el materialismo también es causa de intolerancia porque anula la dignidad humanaal cifrar todo su valor en el valor de su materia: si uno sólo vale lo que vale su cuerpo, una persona más sana tendrá absolutamente más valor que un enfermo.
En tercer lugar, el fanatismo es también causa de intolerancia. El fanático no es el que cree en una verdad absoluta, sino que persigue un objetivo sin reparar en medios, llevándose por delante todo lo que sea preciso para conseguirlo. Y no hay sólo fanatismo religioso: lo hay siempre que un ideal o un bien inspire el comportamiento de una persona sin tener en consideración ningún otro bien. Así hay fanáticos del fútbol, del ordenador, de la música, del sexo… En general, se tiende a ser fanático de cosas buenas, y cuanto más buenas, más riesgo de fanatismo, porque al pretenderlas con tanta pasión (cosa que en sí mismo no es mala), uno corre el riesgo de atropellar otros bienes que también debería respetar.
En cuarto lugar, la falta de cultura es causa de intolerancia, porque lleva, entre otras cosas, a la simplificación excesiva. En este sentido, una manifestación de intolerancia es etiquetar a la gente, encasillarla en moldes o tipos simplificados de personas. De este modo, la falta de consideración de la singularidad de cada uno, nos lleva a veces a identificarlo con un tipo simplificado de persona, que sólo existe en nuestra imaginación. Entonces, en lugar de prestar atención a los argumentos de la otra parte, se le condena de antemano, encasillándola en una tipología simplificada de argumentos que existen, precocinados, sólo en nuestra mente.
En quinto lugar, la falta de discreción, según la cual deseamos indagar en la intimidad de otras personas con las que no tenemos confianza suficiente, o a las que les abrimos nuestra alma sin ninguna necesidad. La falta de discreción es como un exhibicionismo espiritual, semejante a la pornografía: donde uno vende su cuerpo, otro vende su intimidad, sus amores y recelos… ¿Por qué la indiscreción genera intolerancia? Sobre todo, porque cuando uno se define de pies a cabeza ante quien no le conoce, se expone a que juzguen temerariamente su intimidad.
Por último, cualquiera de los vicios capitales, que en cierta manera están presentes en las otras causas, son también causa de intolerancia: la soberbia, la avaricia, la pereza, la lujuria, la ira, la gula y la envidia, cada uno a su manera puede hacer que se desprecie al prójimo, porque la tolerancia no es sólo resultado de un acto intelectual, sino de todas las virtudes, que nos llevan a desear ponernos en la situación del prójimo. Por ejemplo, en la raíz de algunas actitudes intolerantes está la falta de fortaleza, que se manifiesta entre otras cosas en la poca paciencia, por la cual se tolerara de forma continuada y voluntaria a personas o situaciones difíciles; o la pereza de no intentar comprender un nuevo estilo de vida, o nuevos modos de hacer en el trabajo (piénsese, en el ámbito laboral, en algunos jefes intolerantes, que, entre otros motivos, lo son porque están anquilosados en modos de hacer anticuados); y en la raíz de muchos abusos sexuales, sencillamente está la lujuria…
De la enumeración de estas causas, se puede sacar una consecuencia clara: cuánto más se fomente y difunda el conocimiento y la cultura, cuánto más arraiguen en las personas las virtudes morales, mediante una adecuada educación, también religiosa, menos intolerancia habrá.