
Jacob Coxon, un reputado investigador de 27 años con una trayectoria de tres años preentrenando modelos de IA avanzados en OpenAI y Anthropic, provocó una conmoción internacional al afirmar en la red social X, que la inteligencia artificial podría acabar con la humanidad antes de 2030. Tras formalizar su dimisión en Anthropic en septiembre de 2026, Coxon advirtió que ambas compañías están priorizando la competencia comercial por encima de la seguridad y el control técnico de sus sistemas.
Coxon enfatizó que sus advertencias no forman parte de una estrategia de marketing sino de una preocupación técnica real fundamentada en el progreso exponencial de los algoritmos que él mismo ayudó a entrenar. La alarma de Coxon ha sido respaldada públicamente por otros pesos pesados de la disciplina. Aunque otras figuras del ecosistema tecnológico consideran que estas visiones catastrofistas son exageradas. Ante este panorama, se han intensificado las presiones políticas internacionales que exigen moratorias y regulaciones estrictas al desarrollo tecnológico sin precedentes.
Todo este panorama se presta también a una análisis crítico sobre la sinceridad de dichas declaraciones, pues detrás de dicho catastrofismo puede esconderse una verdad incómoda, ocultada por la prepotencia de las superpoderosas empresas de desarrollo de la IA.
Por un lado es un hecho constatado que las mismas empresas de IA saben que su vertiginoso desarrollo de los últimos años va conducir irremediablemente a un parón en su avance, en los próximos años. Los chips actuales de los equipos informáticos ya no son capaces de procesar tanta información. Es un secreto a voces que hasta que los ordenadores cuánticos no sean una realidad, va a ser inviable el despegue real de la inteligencia artificial generativa.
Se sabe que los grandes fabricantes de ordenadores , tablets o teléfonos inteligentes, se debaten en el dilema de sacar o no al mercado los nuevos prototipos, con el riesgo cierto de quedar obsoletos en poco tiempo, por no poder incorporar los nuevos avances en IA, ya que sus procesadores no serán capaces de interpretar y ejecutar las instrucciones de los programas de IA. Pero, al mismo tiempo, dichas empresas necesitan vender nuevos modelos para salvar su cuenta e resultaos.
En este panorama parecen encajar perfectamente las declaraciones, aparentemente temerosas, de los expertos en IA, que el fondo, lo que están haciendo es preparar el terreno para un más que previsible frenazo en el desarrollo de los sistemas de inteligencia artificial generativa. La exigencia de moratorias y regulaciones estrictas al desarrollo tecnológico de la IA, van en la misma línea.
No es más que otra de las coartadas esgrimidas para ocultar la imposibilidad técnica de dicho desarrollo. La fecha de 2030 esgrimida por Jacob Coxon para el holocausto humano a manos de la Inteligencia artificial, puede ser precisamente el tiempo aproximado que ha de trascurrir para que los ordenadores cuánticos sean una realidad.
En el fondo, todo puede ser un «relato» apocaliptico falso para engañar a los ciudadanos y ocultar el aludido frenazo, consecuencia de la imposibilidad puramente física, al que parece abocada la investigación en Inteligencia Artificial.