
Pues no. Seamos demócratas o autócratas, no es discutible que el todo es mayor que la parte. La discusión es un síntoma de salud democrática, sin duda, pero por muy demócrata que sea, ningún parlamento democrático cuestiona, por ejemplo, la ilegalidad e inmoralidad de la tortura. Los Derechos fundamentales –los que fundan el Estado de Derecho– no se proclaman democráticamente, sino que se reconocen. El pueblo puede «otorgarse» una Constitución, pero no el fundamento constitutivo del Estado constitucional. En democracia «todo» es discutible… excepto eso[3].
Dicha axiomática fundamental es el enemigo a batir para el relativismo, que exhibe con orgullo triunfalista su audacia para meterle mano a todo lo intocable. El relativismo europeo cosecha buena parte del culto que aún le rinde la intelectualidad orgánica acampada en los grandes circuitos de la difusión cultural –y bien sumisa a quienes los detentan– del furor iconoclasta con que se presenta como destructor de tabúes. Supone sin duda un progreso desmitificar algunos tabúes, pero la cultura europea contemporánea ha «sacralizado» la desacralización. Es tal el timbre de grandeza con el que se acredita a quienes con más ironía deconstruyen lo que en otras épocas se consideraba sagrado o intocable, que se podría decir, sin temor a exageración alguna, que se ha mitificado la «desmitologización.
Por mucho que lo procure, no hay cultura humana que pueda desembarazarse completamente de sus mitos. Incluso aunque cancele unos, creará otros. Dos mitos que Europa ha elevado a una categoría cuasi-sacral son la ciencia y la democracia. Son dos cosas muy valiosas, sin lugar a duda, pero en Europa se ha convertido en un auténtico tótem la idea de un progreso de la humanidad basado en la racionalidad científico-técnica y en la eticidad inmanente a la ley de las mayorías.
El paradigma empirista, o positivista, que rige el discurso científico-técnico, se apoya en la idea implícita de que solo tiene valor cognoscitivo lo empirícamente verificable, siendo así que eso, a su vez, es un mito, el mito cientifista. En otras palabras: el prejuicio de que solo puede tener valor cognoscitivo lo empíricamente vericable no puede ser objeto de verificación empírica.
La mixtificación ética de la democracia, y de la idea de que solo es bueno y justo lo que decidimos consesuadamente que lo sea, tropieza con este límite: la fuerza obligatoria del pacto no procede de ningún pacto.
Hay implícitos pre-científicos, pre-políticos y pre-consensuales que hacen posible, precisamente, la discusión científica, política y ética, y que tienen la forma de axiomas indiscutibles. No se puede discutir todo.