
Cada verano asistimos a una oleada de incendios tanto en en nuestro país como en los de nuestro entorno, con el agravante de que, al menos, uno de cada cuatro se debe a la acción de pirómanos desalmados.
Este hecho nos obliga a reflexionar profundamente sobre el respeto de la ley natural y de las leyes de la naturaleza, pues solo cuando en la mente de las personas anida una auténtica moral “ecológica”, se busca con fuerza la conservación y cuidado de dicha naturaleza.
Respetar el estado natural de las cosas debería ser el criterio de actuación, esto es, debería tener fuerza ética o moral. Precisamente eso es lo que nos permite elaborar un juicio moral sobre las acciones de los pirómanos
Durante muchos siglos, y todavía aún en muchos países, el criterio moral más seguido es el que conforma con los textos sagrados de una determinada religión, que se consideran por los creyentes como testimonio vivo de la revelación divina. El caso más evidente sería el de los Diez Mandamientos, síntesis de la moral judeo-cristiana, y referencia para su actuación ética.
En la cultura occidental, actualmente es mucho más débil la aceptación de esta autoridad religiosa como fuente de moralidad. El juicio personal ha sustituido al juicio externo, y los criterios de moralidad se convierten en manifestación de los valores personales que cada uno tenga, y que puede además ir cambiando según las condiciones. Fácil es concluir en un relativismo moral, en que cualquier cosa es aceptable o rechazable en función de los valores personales. Si cada uno tiene su propia moral, sus propios criterios para catalogar algo como bueno o malo, la convivencia social puede hacerse casi imposible, por lo que los estados legislan unos criterios normativos que aseguren una sociedad pacífica.
En el caso que nos ocupa, si la acción del pirómano provoca el fallecimiento de una persona la ley preve una condena de hasta 20 años, quedando tan solo en 6 años si el daño es solo provocado a la naturaleza.
En el fondo no se prohíbe y penaliza algo porque sea objetivamente malo, sino porque nos hemos puesto de acuerdo en definirlo como inadecuado y por tanto punible. Pero existe también un criterio más sólido basado en la naturaleza de las cosas. Este criterio se había aceptado pacíficamente en la historia occidental hasta relativamente pocas décadas y se denominaba «Ley Natural». La creciente consideración del medio ambiente, de la conservación de la naturaleza puede suponer una revalorización de este concepto, puesto que si queremos conservar lo natural, parece razonable que lo natural también sea una categoría jurídica y, por ende, moral.
Encontrar fundamentos morales objetivos es clave para enfrentar con mayor eficacia la actuación de personas que provocan con su acción incendiaría un gran daño en enormes masas forestales convertidas en un espectáculo dantesco. Si nos apoyamos en la naturaleza de las cosas podremos construir la convivencia social sobre bases estables, más allá del acuerdo coyuntural. En esta línea, Benedicto XVI en su discurso al parlamento alemán apuntaba la creciente importancia de la ecología como un pilar objetivo del actuar ético. Indicaba que «… la aparición del movimiento ecologista en la política alemana a partir de los años setenta, aunque quizás no haya abierto las ventanas, ha sido y es sin embargo un grito que anhela aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni rechazar porque se perciba en él demasiada irracionalidad. Gente joven se dio cuenta que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones»
El Papa Ratzinger estaba subrayando que la actuación humana no puede ser pura indeterminación de la libertad, pues está sujeta, como lo está la naturaleza en su conjunto, a unas indicaciones inscritas en su misma esencia. Esto afecta también al actuar moral, pues «También el hombre posee una naturaleza que debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana»
En teoría en los planes de estudio de los distintos países incluída España, se ha venido incluyendo contenidos de tipo ecológico. Esto es importante pero no suficiente. Solo cuando formemos adecuadamente a nuestros alumnos en el deber moral grave del cuidado de la maravilla natural que nos rodea, así como en la enorme maldad de los actos que provocan intencionadamente los incendios, habremos comenzado a transitar por una posible vía de solución del problema citado, aunque sea a largo plazo.