
El Hobbit es mucho más que un simple cuento para niños y cualquier ruptura de su dimensión moral haría mucho más daño a la integridad de la obra que la representación gráfica de la violencia y la presencia de lo monstruoso. En su nivel más profundo de significado —y hay que tener en cuenta que las grandes obras de literatura infantil siempre tienen un profundo nivel de significado—, El Hobbit es una peregrinación que transcurre en el nivel de la gracia.
Su protagonista, Bilbo Bolsón, se convierte en adulto en su sentido más pleno, es decir, creciendo en sabiduría y virtud. A través del curso de la aventura —y toda peregrinación es una aventura—, El Hobbit desarrolla la virtud y crece en santidad. De esta manera, El Hobbit ilustra una verdad de valor incalculable. Llegamos a ser hombres sabios (homo sapiens) solamente en la medida en que nos damos cuenta de que somos peregrinos en nuestro viaje a través de la vida hacia un fin (homo viator).
Aparte de su estatus de novela de formación cristiana —el paso de Bilbo de la ignorancia a la sabiduría y del vicio a la virtud heroica—, El Hobbit va en paralelo a El Señor de los Anillos en el tratamiento sugestivamente místico de la Providencia Divina, y además puede considerarse como comentario moral de las palabras de Cristo «donde esté tu tesoro allí está tu corazón» (Mateo 6, 21). Por estos tres aspectos, puede decirse que El Hobbit, tal y como Tolkien dijo de El Señor de los Anillos, es «una obra fundamentalmente religiosa y católica».[1]
En un primer nivel, el viaje de Bilbo desde su cómodo hogar en la Comarca hasta la Montaña Solitaria, va en el viaje de Frodo desde la Comarca hasta el Monte del Destino, y es un espejo del camino que ha de recorrer cada uno de los hombres en su vida. En este sentido, Tolkien escribió en su célebre y erudito ensayo Sobre los cuentos de hadas que «el cuento de hadas… puede ser utilizado como un espejo para el hombre».[2] En pocas palabras, estamos destinados a vernos reflejados en el personaje de Bilbo Bolsón, y ver reflejadas nuestras vidas en su viaje desde la Comarca hasta la Montaña Solitaria. ¿Cómo es posible esto? Es evidente que no somos hobbits, literalmente hablando, ni que vayamos a ir caminando junto a un grupo de enanos a través de las Montañas Nubladas y el Bosque Negro, encontrando trasgos y elfos en nuestra ruta, a no ser que sea de modo vicario, permitiendo que nuestra imaginación, como lectores, siga los pasos de Bilbo. Para poder ver la historia como Tolkien quiere que la veamos, tenemos que trascender su significado literal y ascender a un nivel moral y anagógico.
Para el cristiano, que rechaza el nihilismo existencialista, la vida se encuentra cargada de significado y está al servicio de su objetivo final cuyo propósito es unirse a Dios en el cielo y participar de su vida divina. Siendo esto así, cada vida debe ser una búsqueda para alcanzar el cielo a través de un crecimiento en la virtud, alcanzando así el poder, mediante la gracia, de vencer a los monstruos y demonios que tratan de impedirlo. Por tanto, así debemos leer El Hobbit y, de este modo, y solo de este modo, descubriremos la profundidad y aplicabilidad de su significado.