El nuevo dogma del siglo XXI

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ARTÍCULO DE EMILIO MONTERO HERRERO

El relato apocalíptico durante años repetido de que el fin del planeta llegaría por el cambio climático ha cambiado y ahora el relato no es el cambio climático, es la Inteligencia Artificial (IA). Lo que antes era una cruzada ecológica, hoy se transforma en una carrera tecnológica que exige gigantescos recursos energéticos.

En esta línea tenemos a Bill Gates, el impulsor de la Agenda 2030, que en una de sus últimas declaraciones al respecto dijo que “el cambio climático no es para tanto”. Un giro inesperado en quien durante años agitó el miedo climático. Ahora afirma que hay que centrar esfuerzos en “la lucha contra la pobreza y las enfermedades” como respuesta ante un mundo más cálido, una señal de que el discurso climático se adapta a un nuevo propósito: justificar el dominio de la Inteligencia Artificial.

Es un hecho, la IA necesita más energía que cualquier otro avance tecnológico de la historia. Cada centro de datos devora electricidad a niveles colosales. Y esos centros crecen por miles.

Hoy en día, un centro de datos estándar utiliza una cantidad de electricidad equivalente a 100.000 hogares. Si ya de por sí es alarmante, no es nada más que el principio. Es probable que los centros de datos más grandes que se están desarrollando actualmente utilicen 20 veces más energía, lo que equivale a 2 millones de hogares. Pronto, los centros de datos absorberán tanta energía de la red como, por ejemplo, una fundición de aluminio.

En 2024 los centros de datos consumieron el 1,5 % de la producción mundial de energía y emitieron el 1 % de todos los gases de efecto invernadero. Su uso de energía está creciendo cuatro veces más rápido que la tasa de consumo total de electricidad, y no hay signos de ralentización. De hecho, dos tercios de las organizaciones de todo el mundo planean invertir mucho en IA generativa en los próximos meses. Con esta trayectoria, la IA podría llegar a consumir hasta un 8 % de la producción total de energía del mundo para 2030.

En ese momento, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) predice que el apetito energético de la IA habrá aumentado a 945 TWh, lo que rivaliza con el consumo energético anual de una nación industrial mediana.

Pero ya no es solo la electricidad para mantenerlos operativos, sino el agua necesaria para refrigerar los sistemas, imprescindible para evitar el sobrecalentamiento de los chips de IA. Un centro de datos consumió 113 millones de litros de agua y nadie se dio cuenta durante meses. Una factura de casi 130.000 euros.

De esta forma, los centros de datos no solo son una amenaza directa para el medioambiente, como consecuencia del consumo eléctrico, los refrigerantes, las celdas de combustible y los generadores, sino que también son una amenaza indirecta, debido a la fabricación de equipos de alta gama, servicios en la nube asociados y el procesamiento de equipos al final de su vida útil. Juntos, todos estos resultados agravan el cambio climático, la contaminación del aire y del agua y el agotamiento de los recursos.

Y, ¿De dónde creen ustedes que saldrá esa energía? De nuevas centrales nucleares, financiadas con dinero público, especialmente en Estados Unidos, Francia y China. La Administración Trump ya ha anunciado préstamos de cientos de miles de millones para construir nuevas plantas nucleares. Los gobiernos, antes rehenes del ecologismo radical, ahora apuestan abiertamente por el átomo.

Este cambio estratégico demuestra que el discurso climático se ha vuelto maleable. Cuando el negocio tecnológico exige más electricidad, el dogma verde se ajusta sin pudor. Ahora, los mismos que prohibían combustibles fósiles promueven reactores nucleares. Eso sí, para no ser tratados de incoherentes, señalan que es para el bien del planeta.

Pero detrás de ese relato se esconde una preocupante amenaza, al poder convertirse la IA en juez, censora y oráculo del pensamiento único. Quien la controle, podrá controlar la información, la economía, la comunicación y, finalmente, la mente humana. Un sistema que decidirá qué es verdad, qué puedes decir, qué puedes creer y hasta qué puedes pensar.

No se trata de negar el progreso. Seguro que traerá muchas ventajas para la humanidad, pero la IA no debe sustituir la inteligencia humana ni someter la voluntad individual. La respuesta no está en los algoritmos, sino en la verdad, la fe y la libertad del espíritu.

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