
La inmigración legal conlleva ciertas ventajas que no se deben menospreciar. Nos permite asegurar la continuidad de sociedades que, como la nuestra, han decidido llevar a cabo, tal vez de forma inconsciente, un suicidio demográfico. cuya natalidad está por debajo de la tasa de reemplazo, situada en 2,1 hijos por mujer.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que el sistema de pensiones existente en España, un sistema que se cae porque la base de la pirámide de población no es suficientemente amplia para garantizar que las cotizaciones aseguren las pensiones.
También la inmigración compensa el enorme número de abortos, más de 100.000, que se producen cada año en nuestro país. Abortos que parecen haberse convertido en casi la única opción que ofrece una sociedad como la nuestra, cada vez más indigente en valores humanos.
Hay una cifra que lo resume todo y que, sin embargo, casi nadie quiere mirar de frente: en España, uno de cada cuatro embarazos termina en aborto. Mientras tanto, se nos repite que el problema demográfico es muy grave, que faltan cotizantes, que no hay relevo generacional y que no podremos pagar las pensiones.
Las matemáticas son claras. En 2017, la proporción de embarazos que terminaban en aborto era ya preocupante: 18,98%. Hoy vamos por el 24,57%. Sin contar el crecimiento del aborto químico, facilitado por la distribución de fármacos abortivos y las libertades que da el gobierno de turno.
Lo más grotesco del caso es que el mismo Estado, que se lamenta del invierno demográfico, lo facilita. Basta con mirar los presupuestos para saber qué considera más importante el Estado en este asunto. En Españalas ayudas a embarazadas, sin contar Madrid y Galicia, rondan los 4,8 millones de euros. En cambio, las ayudas para abortar se acercan a los 38 millones. Traduzcámoslo a lenguaje llano: casi diez veces más dinero para eliminar hijos que para ayudar a que nazcan.En un país demográficamente al borde del colapso, con más defunciones que nacimientos, el mensaje es cristalino: el aborto es más prioritario que la maternidad.
Nos dicen que las mujeres abortan porque no tienen apoyo. Y es verdad que muchas están solas y desbordadas, con problemas económicos y de desempleo. Pero también nos dicen que no se puede hacer nada, que es su decisión y punto. Pues bien, cuando una entidad provida acompaña de verdad a una mujer que piensa abortar, el resultado es demoledor para el discurso oficial: el 80% de esas mujeres decide seguir adelante con el embarazo.
Y aquí es donde la responsabilidad del Estado se vuelve clamorosa: Si se sabe que el acompañamiento funciona, si se sabe que con apoyo muchas mujeres no abortarían, y aun así se financia masivamente el aborto y se racanean las ayudas a la maternidad, entonces ya no hablamos de neutralidad, hablamos de complicidad.
Mientras en otros países se ponen en marcha tarjetas monedero, paquetes de ayuda antes y después del parto, productos básicos para el bebé y ayudas directas a las familias, aquí lo que abunda es la propaganda de derechos reproductivos y las subvenciones a quien ofrece la solución de que el niño no nazca. Pero solo con dinero tampoco basta si toda la cultura, las leyes, la educación y la sanidad pública señalan en la misma dirección.
No sabemos con certeza todas las razones profundas de esta obsesión por reducir nacimientos: ¿ideología, intereses económicos, ingeniería social…? Lo que sí sabemos es que se redactan leyes que lo favorecen y que convierten el vientre materno en campo de batalla ideológico.
No cabe duda que el aborto desde cualquier punto de vista es inmoral y que ningún aborto es un avance, sino que es un fracaso humano y social. Debemos abordarlo ofreciendo apoyo integral a mujeres embarazadas en riesgo de abortar, especialmente aquellas que se encuentran solas y en situaciones difíciles, ofreciendo recursos materiales, acogida y orientación a través de parroquias, órdenes religiosas y organizaciones provida. Y brindar acompañamiento y reconciliación a quienes padecen las consecuencias de haber abortado. Debemos centrarnos en acompañar a la mujer tanto antes como después de la decisión.